José Antonio Sentís
JOSÉ ANTONIO SENTÍS es director general de EL IMPARCIAL.
paso cambiado
Bibiana y Leire, famélica legión
Los socialistas españoles hacen muy bien en mantener sus rituales y sus símbolos. Así nos recuerdan lo que hubieran querido ser, aunque ellos mismos no sepan muy bien lo que han llegado a ser. Porque, acomodados en las clases medias, parecen odiarlas, y no hay ninguna duda de que se sienten más cómodos en sus pactos con la oligarquía económica que con los autónomos o pymes. Ni hay duda de que se encuentran confortablemente instalados en el poder político de la democracia burguesa, con el añadido de autosatisfacción de cantar a coro contra la burguesía.
Los socialistas españoles, pues, lo tienen todo. Pueden ser los más pijos del barrio, pero afeando la conducta a los demás, por pijos. Y de ahí resulta la impagable imagen de dos señoritas que no hubieran desentonado en un baile de debutantes con su puñito en alto, suspirado por salvar al proletariado desde su vanguardia más chic.
Arriba, pues, parias de la tierra, y en pie, famélica legión, como cantaban el otro día Bibiana Aído y Leire Pajín, cuya fotografía representa, más que mil ensayos, el triunfo postmoderno de la sociedad de la representación y de la apariencia y la apoteosis del pensamiento débil.
Claro que el acto estaba presidido por Rodríguez Zapatero, un preclaro epígono de esta sociedad mudable y de valores vaporosos, donde lo que importa es el discurso y no la acción, donde la palabra define la política y no es la política la que se debe explicar con palabras.
Por esa razón, la sociedad española vive en estado de esquizofrenia. Sobre el papel lee las consignas revolucionarias desempolvadas de las estanterías de la Historia, y en la realidad ve las colas del paro. En los discursos y en los rituales recuerda a los capitalistas opresores que ganan 50.000 euros al año (menos impuestos), y se olvida de esas interesantes sociedades llamadas SICAV que acumulan para medio millón de privilegiados la renta equivalente a la de 17 millones de hogares españoles.
La perplejidad crece aún más cuando la gente ve el palacio que usa Zapatero en sus vacaciones de Lanzarote y, a la semana, ve al mismo Zapatero con pañuelito rojo jaleando a los inexistentes mineros de Rodiezmo.
Pero todo esto, los símbolos y rituales, se perdona, como al principio se comentaba en este artículo. Porque todo el mundo sabe que no se lo creen ni sus protagonistas. Lo que sí es imperdonable es que ese código de valores esté incorporado, como por ingeniería genética, a los usos políticos españoles, hasta el punto de que se haya convertido en verdad histórica la bondad intrínseca del socialismo y la maldad intrínseca de la democracia liberal, en la que, por cierto, viven los socialistas con sumo confort. Es decir, los socialistas no se lo creen, pero actúan como si se lo creyeran, y algunos terminan por creer que lo creen.
Los socialistas españoles pueden ser, por tanto, el Hyde revolucionario por la mañana, y el moderado doctor Jeckyll por la tarde. Pueden abrazar al antimperialista (anti estadounidense) Chávez y babear cerca del representante de la potencia capitalista mundial, Obama.
En realidad, los socialistas españoles viven de serlo todo, a la vez: internacionalistas y nacionalistas; autonomistas o jacobinos; antibelicistas en Irak o belicosos gendarmes en Afganistán.
Tienen suerte, estos chicos, que aunque no dan una en la gestión de los asuntos públicos, y aunque no se creen ni los himnos que cantan, pueden ser, para una parte muy importante de la sociedad española, como el tres en uno, el producto milagro que sirve para engrasar prolongadas estancias en el poder.
Porque han construido con eficacia una empalizada retórica, a base de sobar los términos de solidaridad e igualdad, mientras sutilmente arrinconan los conceptos de libertad o justicia; entre otras cosas, para justificar su alianza de hierro con los sindicatos apesebrados, con cuya coalición pueden seguir pisando la moqueta del capitalismo tan antiestético y tan burgués.
En fin, que den gracias a que la famélica legión de parados no se ponga en pie, o a que los parias de la tierra no se vengan arriba, porque no duraban un minuto estos pijos progres con su estiloso pañuelito rojo.
Postdata antichavista
Esta semana recibirán nuestras autoridades a Hugo Chávez, el bolivariano líder de la conjunción “antimperialista” de América. Ese tipo al que el Rey debería escuchar, en palabras de otro pijo progre, Oliver Stone, que tiene la suerte de ser disidente en una democracia como la estadounidense, porque con Chávez en el poder su disidencia no duraba un fotograma. El mismo Chávez que ya lleva cerradas en Venezuela sesenta emisoras de radio, una televisión (Radio Caracas TV) y va a por otra, Globovisión. El Chávez que progresa adecuadamente en su “socialismo del siglo XXI” (éste sí, en el sentido dictatorial clásico) y que también va con el pañuelito rojo hacia la victoria final. Como Bibiana y como Leire, pero con mucho menos estilo, reconozcámoslo.
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